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Tengo amigos en las redes sociales de diversas tendencias políticas, de diversos credos, incluyendo el ateísmo militante como un credo más. Yo al menos distingo entre el ateo militante, antirreligioso, y el ateo agnóstico, que es indiferente, pero respetuoso ante el hecho religioso siempre y cuando no se le obligue a él a ninguna práctica concreta. El primero es partidario de un credo como otro cualquiera y puede ser tan pesado en su proselitismo antirreligioso como cualquier religión.

Aprecio a todos mis amigos, por diversas razones. Naturalmente no siempre comparto todas sus opiniones con ellos, pero los mantengo como amigos o contactos porque existe un vínculo que me mantiene unido a ellos.

Sin embargo, si unos hablasen con los otros, posiblemente se negarían la palabra o llegarían a algún tipo de ofensa mutua en diverso grado.

A veces tengo miedo de colgar algunos posts porque sé que puede molestar a algunos de mis contactos, con los que comparto otras muchas cuestiones. Cuando tengo dudas, desisto, prefiero no molestar a nadie. Pero siento que, en cierto modo, esto es una coerción a mi libertad de expresión.

No tengo mucha idea de psicología, pero creo que el hecho de ser beligerante y proselitista con las convicciones propias responde a algún tipo de neurosis, como una especie de miedo al dolor o a la muerte. Generalmente proyectamos en los demás, en esa construcción del otro, del oponente, el origen de un dolor, un miedo o una inseguridad que es interior, pero que está objetivada en el otro, como una proyección de nuestra mente de miedo u odio. En el fondo, el afán proselitista esconde el deseo de eliminar la diferencia, que inconscientemente vinculamos con el error, el dolor, la suciedad, la insalubridad, la enfermedad, la muerte.

Mi experiencia me lleva a la conclusión de que la ideología -me da igual cuál-, es una espiral de ansiedad, un modo neurótico de proyectar los defectos, incapacidades o carencias propias sobre un otro construido para soportar la responsabilidad o la culpa que no podemos soportar sobre nuestros débiles hombros de individuos solos y aislados. En la búsqueda de nuestros semejantes ideológicos buscamos la seguridad de la pertenencia gregaria, la conjuración de la neurosis creada por ese fantasma en el que objetivamos el hambre, la pobreza, el dolor, la violencia y la muerte que de natural conlleva la vida.

Las redes sociales y sus muros de las lamentaciones, a veces paredones en donde fusilar simbólicamente al contrario, real o imaginado, cumplen un papel extraño. Pienso que hay veces que alimentan las perturbaciones neuróticas, las ideologías.

Por otro lado, en este diálogo constante y continuo nos vemos obligados a lidiar con la diferencia, a vivir el disenso y el riesgo de ser criticados del mismo modo que criticamos al otro. En ese sentido son un campo propicio para practicar la libertad de expresión y la tolerancia. De enfrentarnos diariamente con nuestros fantasmas más temidos. En la medida que no pasa de ahí, nos entrenamos en la convivencia plural, respetuosa. En definitiva hacen un mundo más vivible para todos, más civilizado y humano.

Algunos ven esta era post-ideológica como una época llena de inseguridades, carente de certezas. Pero quizás el mundo siempre fue así. Lo único es que la sobreexposición a la información hace más complicada la adhesión a un sólo sistema de creencias. Los monopolios ideológicos están en crisis porque la competencia empieza a ser abrumadora en el mercado de las ideas.

La falta de certezas se compensa con el aumento de la libertad individual.

Pero no lo tengo claro, sólo es una intuición. ¿Vosotros qué opináis? 🙂

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